A una artemagista
Cuando levantas la vista te das cuenta que frente a ti hay algo fuera de lo común. Comienzas a notar que brota desde la tierra y que parece estar sembrado ahí desde tiempos inmemoriales. Luego de un momento de meditación sobre el Cuándo, llegas a la conclusión que esa es una pregunta estéril. No porque sea estéril la pregunta sino que sabes que con la respuesta nada más obtendrás un dato cronológico o quizá onírico, ambos sin la menor relevancia.
Enseguida te aproximas a él y lo exploras con tus manos, pues los ojos hicieron caso omiso de tus interrogantes. Lo sientes, lo palpas, lo recorres. Incluso llevas tu mano derecha, en un gesto de aparente seguridad, cerca de tu nariz, porque ahora los dedos son sordos a tu duda.
¿Y? Nada. Ojos, manos-dedos, nariz, son como esos personajes que pueden responder en su lengua y que en su afán por hacerse entender caen en el precipicio de su soledad idiomática. Ellos no son culpables. Son como esos criminales inocentes que estaban en el momento y hora equivocados, pero también en el momento y hora correctos.
Te alejas un poco como si anticiparas un ataque, dos, tres, cuatro pasos hacia atrás. Aunque en realidad el movimiento sea para tener una perspectiva del monumento (?) aquel.
Es un muro, un simple muro. Color, material, textura, espesor… nada de eso importa. Fijas la mirada en la perpendicular que hace sobre la tierra. Esta vez sin la pregunta impertinente comienzas el recorrido como el atleta experto que reconoce que en una prueba maratónica, debe regular su paso en la partida, sin precipitarse.
La vista hace leves movimientos zigzagueantes que se ajustan a líneas imaginaria que el actor de la situación ha promovido.
Pronto asumes el riesgo de adelantar el paso ocular del objeto, porque el cuello y la cabeza exigen un descanso del esfuerzo por mantenerse arriba. ¿Cuánto? ¿Seis, siete, ocho…diez? No, de pronto hasta doce, y al llegar a esta longitud caen dos interrogantes definitivos, como si estuvieran escuchando detrás de la puerta tu conteo mental. Ahora la afirmación se vuelve pregunta: ¿doce? (primer interrogante); ¿y cómo voy a hacer para…? (segundo interrogante). Mas aun lo inesperado del asunto es el arribo de una tercera duda sin que se termine de formular la segunda, aparece de manera tímida pero que su contenido nos hace ver la contundencia de su esencia. ¿Y por qué iría yo a escalar el muro? Aquí las razones de origen son, como el «Cuándo», cosa del pasado; más bien «para qué», como una prevención y una invitación a confrontar al desafiante visitante monolítico de doce (?) metros.
La respuesta se da con una acción. La acción lleva a un doble cuidado. Por una parte que te alejes de lo que ya conoces, de tu nicho. Por otro lado, que te acerques a algo desconocido. Movimiento de doble pérdida o de doble ganancia, como diría el maître de un casino.
Ya en la cima ante el enemigo derrotado, observas el nuevo panorama con un diáfano respiro de la satisfacción por un reto conseguido. Empero, te reconoces otra vez en medio de la nada: lo extraño sigue siendo extraño y lo que era conocido deviene ahora ajeno. Un nuevo cuestionamiento ha escaldado contigo. ¿Qué hacer?
Instantáneamente arrecia un déjà vu. Te das cuenta que esto ya lo has vivido, pero en realidad no tienes en tu mente registro de muro alguno. De tu memoria comienzas a sacar imágenes como si estuvieras comparando dos fotografías de momentos diferentes.
Así, reconoces que había un muro cuando tu madre te dejó sola en medio de la sala de estar y tú lloraste durante quince minutos, pero que resolviste con un sosiego interno y la esperanza fundad que ella retornaría.
Así, años más tarde, viste en la puerta del colegio ese gigante monolito que puso una barrera el primer día de clases. Nuevamente entre tú y tu mamá. Que nuevamente resolviste con el sosiego interno y la aventura fantástica de descubrir que más allá de sus faldas, había otros pequeños iguales o más angustiados que tú, que encuentran la alegría en una coincidencia espaciotemporal.
Así, también llega el momento del desprendimiento de esos Otros que dejaron de ser los ajenos de antaño y que se han convertido de hace mucho, en ese hogar calientito cuando del mundo solo te llegan rayos y centellas. Saltas al otro lado de la verja y reconoces que, en efecto, no hay nada hecho, que debes comenzar como en un principio.
Dudas, afirmaciones, protestas, juramentos, lamentaciones, apuestas, son las únicas cartas de tu baraja. Bajo estas condiciones y limitaciones decides entrar en el juego, con solo una partida para ganar o perder de acuerdo con tus previsiones. Luego comienzas a encontrar el sosiego, no por haber ganado o perdido, sino porque vuelves a recordar aquella tranquilidad que te dio el saber que no estabas ante una situación totalmente ajena. Y no es que sea la misma calma, sino que ahora la tranquilidad lograda obedece a una decisión. Se trata del estado de serenidad previo a un momento angustiante de un camino tomado, de una pregunta o preguntas formuladas (s).
Así, en medio de nuestra itinerante e iterada vida, encontrarás la calma cuando des vuelta en tu cama y roces el cuerpo de tu socio. Pero antes de ese instante habrás escalado un muro, llevada por la curiosidad, por una intuición que te agota en preguntas y que alimenta el fuego que te hace saltar al otro lado y distanciarte de ese mundo conocido y a ratos monótono, que desde lejos ya ves como ordinario.
Así, finalmente, cuando de tu vientre un nuevo ser explore este microcosmos, se erigirá un nuevo monolito. Del suyo lo sabrás muchos años después, cuando estés al borde de tu último muro. Del tuyo, lo distinguirás porque ya no estarás dentro del minúsculo corral, sino fuera de él (en realidad en uno más grande, como lo has reformulado). Y ahora del otro lado una nueva angustia, extraña a ti, amenazante, aniquiladora. ¿Qué hacer? ¿Lo dejo solo?… ¿(Me dejo sola)?
Cuentas por hacer, oficios por mil…o calmar la (tu) ansiedad de (por) la criatura?
Otro vez el déjà vu, como una lección no aprendida pero siempre dispuesta.
Y así, te alejas y te desprendes de tus miedos. Le enseñas a tu pequeño que los temores son válidos, pero sobre todo, le enseñas y te demuestras que los temores hay que enfrentarlos para sobrevivir, que puedes dar fe aunque el notario no expida certificaciones de ello, que eres la prueba viviente, la máxima expresión de un conocimiento retomado.
Pronto tu angustia retorna y en la memoria se diluye lo “ya visto”. Decides volver a los brazos del pequeño, a auxiliarle en este momento de terror para él. Buscando también la reconciliación de una ruptura prematura, claro, para ti.
Pero él ya ha saltado el muro, ya está del otro lado: ha dominado el monstruo. El mal está hecho. En adelante la vida se tratará de eso, ya lo sabes ¿no es así?, ¿lo recuerdas?…de miedos, de muros que brotan de la tierra, de preguntas sin respuesta, de preguntas por constatar, por esa amnesia decisiva y definitoria implantada desde el inicio de la vida que nos obliga a olvidar y que al mismo tiempo, nos da el crédito de recordar sólo las preguntas y la angustia.
Jake Adams